
La mañana siguiente fue un hervidero de ideas, casi había olvidado lo que suponía escribir tan solo para organizar y las palabras se le caían de los dedos, el teclear de su máquina era banda sonora que acompañaba cada escena en su cabeza y al finalizar la jornada, pensó que tal vez al día siguiente tendría agujetas en los dedos, si eso era posible. Aún a sabiendas de que dormido es bastante dificil tomar notas, dejó Rutheford sobre su mesilla de noche una libreta y un lapicero, mitad precacución, mitad oración. Sabía pese a todo que, al despertar, debía apresurarse a anotar los detalles más importantes, ya que pasados unos minutos tan solo quedaría en su cabeza una estructura general y una hora después, a efectos prácticos, sería como si nunca hubiese soñado.
Su idea no pudo funcionar mejor y por el estudio cabalgaban caballeros, estallaban los obuses a la linde de las trincheras y una pareja de enamorados se prometía su primer beso. De cada esquina de la habitación brotaban bosques y desiertos, palacios en las dunas y mazmorras excavadas en la roca. Rutheford estaba tan absorto que dejó de pensar en pensar. Como es comprensible, desde fuera, la señora Rutheford tan solo observaba a su bienamado gesticulando y hablando solo, serán los gajes de haberse casado con un artista, pensaba mientras acunaba al pequeño Joseph. Personita que, por cierto, también gesticulaba y hablaba sola, no sabía si por artista o por bebé, tal vez un poco de ambas.

En pocas semanas todos sus sueños se habían hecho realidad, figurada, literal y literariamente hablando. Tomó Rutheford todas sus oníricas quimeras, desde las más insignificantes hasta las más laboriosas, y compuso con ellas su mejor trabajo. Norrington, su editor, que exageraba más que hablaba y hablaba mucho más de lo que callaba, se apresuró a vaticinar los mayores éxitos de ventas para su editorial y como no, para su escritor. Y no se equivocó, las librerías abarrotadas dieron paso a estanterías vacías pendientes de reposición y Norrington firmó igual número de libros, que de ganancias. La vida le sonreía y podía volver a alardear de lo que mejor sabía hacer cuando no dormía, escribir. Ni que decir tiene que la señora Rutheford y los pequeños Paul y Joseph se encontraban igual de satisfechos, por su marido, por su padre, por su nuevo abrigo de piel y por el nuevo tren eléctrico que recorría sus habitaciones, con paso a nivel incluído y con un pequeño silvato que Paul se negaba a utilizar por encontrarse peremne en la boca de Joseph.
Rutheford continuó viviendo su sueño y de su sueño, hasta que el tiempo hizo también su trabajo y la realidad, disfrazada de señor Norrington, le obligó a plantearse un nuevo horizonte. Decidido, se sentó de nuevo ante su máquina, respiró hondo, arqueó la comisura derecha de su labio, alzó la vista y dejó galopar sus dedos. Pero sus dedos iban al paso, siquiera al trote. Usó sus espuelas en forma de cama y pijama y procedió convencido a tomar nuevas ideas de sí mismo. Cabe reseñar, como no, que desde su anterior éxito, había dejado esta faceta suya ligeramente trasnochada. Colocó en la mesilla su libreta y su lapicero, convencido de que a la mañana siguiente tendría un adelanto para su nuevo trabajo.